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Cabañas en Angahuán, Michoacán.

El pueblo (Angahuán)

El pueblo de Angahuan, en el estado de Michoacán, sorprende por el intenso olor a madera recién cortada que invade todo el ambiente. Lo pintoresco del paisaje y las costumbres del lugar hacen fascinante cualquier recorrido por esta zona, vecina del volcán Paricutín.

Angahuan significa “en medio de la tierra” y tiene una población de predominio indígena, que heredó de los tiempos prehispánicos las tradiciones y valores del imperio purépecha. Fue fundada mucho antes de la conquista y su evangelización fue realizada por los frailes Juan de San Miguel y Vasco de Quiroga en el siglo XVI.

Es de esos típicos pueblitos de nuestro país que en sus tradiciones y fiestas conserva viva esa atmósfera de sensibilidad y humanismo, fruto de la fusión de los habitantes autóctonos con los españoles. De esta región son admirados los rebozos multicolores tejidos por las mujeres en sus telares de cintura, pero sobre todo son bien populares las trojes, típicas viviendas que han utilizado los campesinos durante años y que con el tiempo han sido exportadas a otros sitios de la República.

Rodeadas de tan exuberante naturaleza puede llegar a creerse que estas austeras casitas de madera han salido del paisaje mismo; es lógico que allí donde abundan los bosques, las casas sean construidas de madera.

Lo más interesante de este tipo de construcción popular es la técnica y los materiales empleados, conservados gracias a la tradición oral heredada de generación en generación.

Típicas de localidades cercanas a la Sierra Tarasca, como Paracho, Nahuatzen, Turícuaro y Pichátaro, las trojes se utilizan como casa-habitación y para almacenar grano. Elaboradas fundamentalmente con pino, a cuatro aguas, se caracterizan por la riqueza de los acabados, aspecto que puede apreciarse en las puertas, ventanas y pórticos, todos muy ornamentados; hay columnas talladas con gran variedad de motivos y vigas notablemente trabajadas con todo un mundo de fantasía que artistas anónimos labran en las fachadas de sus casas. Al mantener en estado natural los materiales, los colores de la madera quedan en armonía con los tonos del entorno.

Foto: Gustavo GattoLas trojes se forman de gruesos tablones hábilmente unidos por poderosos tacos de madera, sin usar clavos. Sus techos son de caballete, cuyos volados forman amplios portales. La planta generalmente es cuadrada y los alzados sólo tienen una puerta y en ocasiones una ventana.

Además del pino, se usan otras maderas duras como el encino. Ésta se corta durante la luna llena para que dure más tiempo, después se cura para que no le entre la polilla, su mayor enemigo. Antiguamente los árboles se cortaban con sierra manual, e incluso hacha, y de cada uno se utilizaba solamente una tabla (fundamentalmente del centro) de hasta 10 metros de largo. Esta situación ha cambiado debido a la escasez cada vez mayor de la principal materia prima.

Las trojes son fabricadas por carpinteros especializados, pero las manos de amigos y parientes se solidarizan con el esfuerzo de los futuros propietarios. Por tradición, al hombre le corresponde lo relacionado con la construcción y a la mujer sólo le toca el acabado del horno. Esta práctica se ha transmitido de padres a hijos, y todos han aprendido a labrar y desbastar la madera. Aunque la familia crezca, debido a las características de su construcción la vivienda seguirá conservando su tamaño original: el espacio único donde se come, se duerme, se reza y se guarda el grano. El maíz se seca en el tapango, lugar que también puede cumplir las funciones de dormitorio para los más pequeños de la familia.

La troje consta de dos recintos principales: el dormitorio con el tapango y la cocina, otra pequeña choza de madera separada de la primera por el patio interior, donde se trabaja y se celebran diferentes festividades. También existen trojes con dos niveles, que combinan la estructura de madera con macizos de adobe.

Por regla general el mobiliario es escaso y elemental: petates enrollados que se extienden en la noche como camas, mecates en las esquinas para colgar la ropa, algún baúl y el altar de la familia, lugar de honor en el hogar. Detrás del altar, fotografías de parientes vivos y muertos se mezclan con estampas religiosas. Este tipo de viviendas se abre hacia el campo o hacia un patio interno.

La casa encarna la identidad de toda la familia. De acuerdo con sus tradiciones, debajo del fogón se entierran, junto a las de los antepasados, las placentas de los nuevos hijos. Éste es el centro de la morada, sitio donde agradecer el sustento. Aquí se ubican mesas, sillas y sobre las paredes se cuelgan todos los trastes y jarros de uso cotidiano.

El dormitorio se cubre con un plafón de tablones para formar el tapango, donde descansa el entramado de vigas de la techumbre. En este plafón se deja un hueco para tener acceso a la parte superior de la troje.

La parte más difícil al construir este tipo de vivienda es el techo cubierto de tejamanil, material liviano utilizado en lugar de las tejas. Para su ensamblaje se emplean gajos sacados del centro de troncos de árboles. Esta delgada madera de oyamel o abeto se imbrica de forma natural; permite que la lluvia escurra y en tiempo de calor se dobla y no se pandea. Por lo complicado de todo el proceso, cada vez es más difícil encontrar este tipo de techos en los campos de la Sierra Tarasca.

Foto: Gustavo GattoEl techo se comienza por los tímpanos, sobre los cuales se coloca el caballete que recibirá las vigas laterales. Estas sostendrán toda la cubierta formada por el tejamanil, obra de carpintería que requiere gran destreza para realizar un ensamblaje preciso, con el fin de poder armarlo y desarmarlo en sólo dos días.

Terminado el delicado trabajo de carpintería se procede a impermeabilizar toda la casa con barnices especiales, que la protegen del exceso de humedad y las polillas. Si el trabajo de curación ha sido bueno, una troje puede durar hasta más de 200 años.

En casas como éstas, con olor a pino, los pobladores de Angahuan han tejido sus sueños y desventuras durante siglos. La troje es su templo, el recinto sagrado donde desempeñan su trabajo cotidiano y el lugar donde se mantienen vivos en armonía con la naturaleza.

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