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Cabañas en Angahuán, Michoacán.

El volcán

El volcán Paricutín (el más joven de América y el único que el ser humano ha visto nacer), prácticamente rodeado de lava, es un paraíso para los amantes de la caminata, ya que presenta zonas con arenales y residuos lávicos, resultado de la erupción en 1943. En esta región se aprecia la forma en que avanzó la lava destruyendo todo lo que encontraba a su paso en San Juan Parangaricutiro, a excepción de la torre, la fachada y el altar, así como algunos muros del templo.

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El Paricutín comenzó a nacer el 20 de febrero de 1943, a las cuatro de la tarde. Hay constancia tan exacta porque aquel día el señor Dionisio Pulido estaba arando su milpa o sembrado de maíz cuando la tierra empezó a temblar bajo sus pies. Cuentan que quedó atontado por el choque hasta que despertó para salir corriendo en busca de su familia. Los más lejanos, que sólo veían el humo, pensaron que se trataba de un incendio en el pinar. Pero al llegar la noche no le cupo duda a nadie en muchos kilómetros a la redonda de lo que estaba ocurriendo. El chorro de lava del volcán brillaba a distancia en la oscuridad.

En las primeras 24 horas, el Paricutín se levantó siete metros sobre el liso campo de maíz en que nació y en la primera semana 50. Hoy, el cono se alza unos 600 metros sobre el terreno circundante. Y eso que no ha vuelto a crecer desde 1955. A los pies del cráter ha quedado un paisaje lunar.


El pueblo de San Juan Parangaricutiro, que estaba a unos kilómetros, acabó engullido por la lava. Sólo la torre de la iglesia sobresale del mar petrificado de roca negra en el que ha quedado convertido el pueblo. Las coladas crearon una falda de roca de varios kilómetros alrededor del cráter, pero mucho más intensa fue la lluvia de ceniza, que llegó hasta la ciudad de México y cubrió decenas de kilómetros de la comarca con capas de metros de espesor.

De aquella desolación le viene ahora su fertilidad. La ceniza volcánica, rica en sustancias minerales y lavada por las intensas lluvias de la región, sirve de abono para la tierra. Los purépechas viven ahora del bosque y de sus sembrados como nunca antes lo habían hecho. Cuando se llega al Paricutín 60 años después, se observan enormes bosques de pinos y encino intensamente verdes creciendo sobre las cenizas. Incluso la lava negra, tan pétrea, está colonizada por musgos, helechos y algunos arbustos. Gracias a la intensa lluvia de Michoacán, la desolación de piedra se ha convertido en un jardín que atrae además a centenares de turistas. Los vecinos del volcán saben que el Paricutín se lo quitó todo y se lo ha devuelto todo.

Hay diversas formas de explicarlo. El vulcanólogo catalán Ramón Ortiz, que sigue a los chicos durante el viaje respondiendo a sus preguntas, explica que toda la región es una zona de intensa actividad volcánica. En torno al Paricutín hay más de 2.000 viejos conos volcánicos. De vez en cuando, la tierra se abre y crea un cono nuevo. Pero nunca crea un volcán gigantesco, puesto que los cráteres son monogenéticos: crecen unos cientos de metros en su primera y única etapa de actividad y luego se apagan para siempre.

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